domingo, 6 de agosto de 2017

Destellos de navidad en agosto

El horizonte se desborda con altos y estrechos árboles que colonizan mi vista obligándome a mirar hacia arriba para ver la grandeza de un paseo que con aire fresco llenándote los pulmones inspira tranquilidad. Paseando por el parque más desierto que veré jamás, es inevitable preguntarme que quiero y que no me conviene ¿Sabéis esos lugares que inspiran paz y que sin saberlo te llevan a encontrarte con uno mismo? He encontrado una ciudad entera que se llama paz, aunque algunos lo llamen por un nombre que no me atrevo a pronunciar.


Algo está cambiando en mi forma de querer, mis fantasmas vuelven a rogar que camine como los cangrejos en dirección a la fortificación segura de donde no debí salir. Cuesta decir esto, pero, creo que no se equivocan y por una vez tengo la sensación que no necesitan suplicar para que deje de izar las banderas que anuncian la llegada de las mariposas a mi corazón.


En este rincón en lo alto del planeta donde la serenidad es asiduo ambiente, las mariposas no pueden más que sobrevivir unos pocos días cuando en agosto toque el sol en sus translucidas alas. Después, con la llegada de la brisa gélida del mar y el ambiente húmedo volar dejará de estar permitido y el sza sza szu del que ahora me alimento se congelará para entrar en la fase de dormición.


Los sentimientos que corren líquidos a kilómetros de distancia cuando el lazo de nuestro corazón sobrevive a base de esperanza, ahora se congelan para encontrar el desamparo más sórdido, el dormir dando la espalda preparados para la guerra fría, esas manos congeladas que ya no se calientan con ternura y las puntas de nariz y orejas escarchadas notando la falta de aliento de las mariposas.


Moriremos, y en algún momento del invierno esperamos encontrar unos brazos que puedan llegar a abrazarnos como un día lo hicimos los dos, un erizarnos la piel con la mirada, un escalofrío con el rozar de nuestros labios y un alma que pueda cambiar nuestros miedos y destruir nuestros fantasmas. Quién sabe si será esa la ocasión en la que no echemos a correr rumbo a nuevos brazos que nos digan cosas nuevas, cosas que creímos no haber oído jamás de la garganta de quien un día amamos con lo más escondido y puro de nuestro ser.

Puedo cambiar tus miedos y
hacer míos tus sueños,
pero no puedo cambiar quien soy.
Puedo luchar cuando tú no puedas y
consentirte todos los días de mi vida,
pero no seré diferente con el tiempo,
seguiré siendo aburrida o divertida,
 simpática o borde, creativa o plana,
pero seré.
Besitos, M’